Desde la mirada de un pequeño

Juguemos a ser pequeños en un mundo de mayores, disfrutando de las pequeñas cosas. Desaprendamos aquello de que lo más caro es lo mejor… de niños nunca lo hicimos, y si ahora es así, quizá sea porque nos lo han enseñado, poco a poco, de forma imperceptible, gota a gota, golpeando nuestro subconsciente. 

 

 

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Hijo (empresario), hija (empresaria), haz las cosas bien¡¡

rseRevisando las últimas tendencias en la gestión empresarial en sus distintas áreas (recursos humanos, procesos, marketing, estrategia, etc.), modelos que actualmente se consideran novedosos y rompedores, resulta que simplemente son buenas maneras de hacer.

Me explico. Hablemos por ejemplo del mayor activo de toda empresa, los trabajadores. No hace tanto, se comenzó a escuchar esta idea, que en algunos casos incluso ha acabado recogida en su balance de forma indirecta. Muchos directivos han entendido que empleados/as felices conllevan innumerables beneficios que repercuten directamente en la cuenta de resultados: reducción del número de bajas y del absentismo, optimización del tiempo de trabajo,   potenciación de ideas innovadoras, disminución de conflictos, etc.

Es decir… considerar a nuestros trabajadores como personas, en mayúsculas, es bueno para la empresa. Me recuerda a una frase que seguro muchas mamas y papas dicen día sí , día también a sus pequeños: “hijo, hija, haz las cosas bien”.

Cambio de área. Vayamos por ejemplo al área de distribución y logística. ¿Cuál es la máxima hoy en día? Reducción de stocks con el objetivo de que la demanda tire de la producción y no viceversa. Bien. Veámoslo desde esta perspectiva ético – moral de la gestión empresarial.

Reducir stocks, implica una aprovechamiento de espacio de almacenamiento, por tanto, evita la construcción de nuevas infraestructuras, reduce sobrestocks que en algunos casos acaban sin comercializarse… según los teóricos, estamos optimizando recursos. Según un planteamiento ético, seguimos un comportamiento sostenible con nuestro medio ambiente… “hijo, hija, haz las cosas bien”.

¿Sabíais que ya hay empresas que siendo de distinto sector, comparten medios de transporte para la distribución de sus productos con el objetivo de optimizar los envíos?  “Galletas golosas” (ficticio), debe suministrar a uno de sus almacenes logísticos un pedido que solo ocupa medio camión. El directivo toma la decisión de optimizar el envío hablando con otra empresa que también provee a ese almacén para completar la carga y distribuir costes”. ¿Pero de qué estamos hablando en realidad? ¡ De economía colaborativa ! “hijo, hija, haz las cosas bien”.

Si hablamos de marketing y comunicación… son muchas las que apuestan por contar qué y cómo lo hacen a través de memorias de actividades, financiera, de RSC, medioambiental… parece que los clientes valoran esta transparencia, mucho más otros posibles inversores. Philip Kotler, gurú del markenting, dio un giro no hace mucho tiempo… las empresas tienen que pensar en sus clientes, satisfacer sus necesidades… ya sabéis, “hijo, hija, haz las cosas bien”.

Bajo mi punto de vista la empresa está cambiando ligeramente el rumbo… y ¿nosotros? ¿los clientes? ¿Consumimos responsablemente? Hagamos las cosas bien, porque en definitiva, aún conservamos una pequeña cuota de poder y capacidad de elección para discriminar qué empresas merecen de nuestro cada vez recurso más limitado, el dinero.

Ellos saben mirar de otra manera…

gr-28-2-2012-180514euria2¡Hola! ¿Cómo te va todo? Bien, regular, mal, muy mal… muy muy mal… quizá genial. Somos una especie interesante, sin duda. Impredecible, particular, imperfectamente perfecta.

Sigo aprendiendo de aquellos que a mi lado, saben mirar de otra manera, transformando lo que nos rodea en algo distinto. No hay nada como intentar ponerte tras los ojos de esas personas, o mejor dicho, utilizar por un momento el filtro que utilizan para interpretar la realidad.

Mi realidad, tu realidad, su realidad… no hay una igual. Ni una. Por eso, quizá, nos cueste tanto entendernos. No somos capaces de entender que lo que para mí es bueno, para otro no lo es; lo que para mí es dolor, para ti es llevadero; lo que para mí es estresante, para ti es divertido; lo que para mí es necesario, para ti es prescindible…

Y así es como ocurre en casi todas las grandes discusiones y conflictos, enfados monumentales, pequeñas o grandes guerras, dialécticas y armadas, enamoradas o desdichadas.

Porque nunca nos enseñaron a ponernos tras los ojos de esas personas que saben ver más allá de sí mismos. Que saben entender lo incomprensible.  Que perdonan cuando muchos solo aspiran a la venganza. Que aceptan la realidad tal y como viene sin dejar de perseguir un objetivo. Que nos traen paz sin tan siquiera hablar. Que saben ponerse bajo el sombrero de cualquiera, porque nunca quisieron un sombrero. Que saben que, a pesar de las apariencias, todos somos uno. Que cada vez que escuchan, vacían el vaso de prejuicios y experiencias. Que saben sonreír cuando para ti lo más sencillo sería llorar.

¿Has tenido la oportunidad de conocer alguien así? Haberlos, haylos.

 

Vídeo

Una pequeña parte de nosotros

Es difícil atinar cuando se trata de describirnos como especie. Ni tanto, ni tan calvo. Ni lo uno ni lo otro. Dominamos a la perfección toda la gama de colores, y lo que es más importante, no acabamos de decidir nuestro preferido.

Pero da miedo pensar que nuestros pasos sigan los del personaje del vídeo. ¿Hacia allí nos dirigimos?

En eso estamos, apurando el timón y el angulo de giro, hasta justo antes de comernos el iceberg, Nos va la emoción ¡¡¡

Necesidad, mercado, competencia y responsabilidad social corporativa

La competencia empresarial (competitividad) nos hace crecer, reinventarnos, innovar, mantener la necesidad constante de mejora. De hecho, incluso nos obliga a introducir en nuestro vocabulario conceptos como ética empresarial, RSC, sostenibilidad… ¿Porque el resto lo hace o porque nos lo creemos?

 La competencia nos obliga a ponernos frente a un espejo, constantemente. Nos empuja también a escudriñar el espejo de los demás. A compararnos, a analizarnos, a estudiar qué tiene el otro que a mí me falta, que tengo yo que me hace distinto, más apetecible.

 La sociedad nos obliga a competir. Hace miles de años lo hacíamos por los recursos primarios fundamentales. Hoy en día hay muchos partidos en juego. Sigue habiendo una porción de la población que compite por sobrevivir; otros por rozar la clase media; la clase media se codea por acumular activos y sensaciones; la clase alta por mantenerse allí arriba.

 Y la competencia existe porque está asociada a un instinto casi primario, sin el cual, perdería su razón de ser: la satisfacción de una necesidad. Necesito un cobijo y algo que comer; necesito por tanto un empleo; por cuenta propia o ajena; en una entidad con ánimo o sin ánimo de lucro, que se mueve dentro de un mercado; es decir, distintos agentes que de una manera u otra “compiten” por “comerse” parte (cuanto más grande mejor) de un mismo pastel.

Esta sucesión de hechos, que puede parecer más o menos lógica, contiene una variable que condicionará el resto. ¿Qué necesidad tengo? ¿Solo un cobijo y algo que comer? ¿Un cobijo decente, distintos tipos de comida que elegir y un vehículo? ¿Un muy buen cobijo, un vehículo, y comida de sobra? ¿Varios cobijos y vehículos, comida gourmet, y medios de transporte no solo terrestres, sino también marítimos o aéreos?…

En este punto del “juego”, el cliente debería mandar. Damos por supuesto que conocemos nuestras necesidades. Somos conscientes de lo que queremos, pero, ¿lo que queremos es lo que necesitamos? No importa mucho la respuesta ya que el modelo sobre el que se sustentan las sociedades desarrolladas (o en desarrollo) es precisamente éste. Es decir, el consumo de lo necesario y de lo prescindible asegura nuestra supervivencia. Consumimos, producimos para atender al consumo, trabajamos, consumimos. O al menos, así nos lo han enseñado.

Nuestras necesidades condicionan el resto de la cadena. En mi opinión, la sostenibilidad del sistema (hablo de nuestro futuro y del de aquellos que nos precedan) no puede ir ligada a modelos alejados del entorno donde se mueven. No es viable esperar, por ejemplo, un crecimiento de la economía (mundial) sostenido en el tiempo, porque crecer es igual a producir, por tanto a consumir, por tanto a agotar los recursos naturales necesarios para mantener ese desarrollo. ¿Cuántas tierras tenemos para satisfacer esos niveles de producción? Tenemos que ser conscientes de que las decisiones que tomamos (como personas, como empresarios, como lo que seamos), tienen un impacto que va más allá de la proximidad de sus efectos visibles.

Y es en este punto en el que muchas empresas se muestran manifiestamente ciegas, o al menos tuertas. Es cierto que de forma inevitable,  tendrán que acomodarse a las nuevas realidades que nos vayan viniendo (movimientos migratorios, escasez de recursos naturales, aumento de la distancia entre rentas altas, medias, bajas y personas sin recursos, etc.) Pedimos que nuestras empresas sean linces (proactivas) a la hora de anticiparse a los movimientos del mercado, y sin embargo son tortugas (reactivas) cuando se trata de anticiparse a nuestro futuro como civilización. Sin embargo, su responsabilidad es tan importante que no debería de ser obviada.

Aquí la RSC juega un papel clave. Y me surgen dudas. ¿Será capaz el sector empresarial de autorregularse para asegurar la sostenibilidad del sistema? ¿O debería de ser el Estado (todos nosotros y todas nosotras) el que marcase líneas rojas que no rebasar?  La RSC es la herramienta y en mi opinión el Estado debería de ser el motor que favorezca su implantación.

 A lo largo de nuestra corta historia, hemos ido acordando una serie de conceptos (creencias, al fin y al cabo) que pasaron de discutidas a indiscutibles. Son y lo son porque sí. Capitalismo, competencia, crecimiento continuado, éxito, ganancia…

Será momento de parar y ver cómo estamos haciendo las cosas (las empresas lo hacen constantemente) Digo yo, que la sociedad en general, también debería de hacerlo.

Caminante hace camino

ImagenQué gran frase.. porque en definitiva, a cada paso, voluntario, influenciado, obligado o acogotado, se hace  camino. 

Aquí la cosa no es caminar… sino caminar consciente de la dirección que tomas. Te dirán que a la izquierda, o a la derecha, o recto, o vuelta atrás, o 20 grados al frente… pero en realidad, no depende de nadie salvo de ti mismo. 

Te dirán que lo adecuado es aquello… que lo que se espera de ti está escrito… que la mayoría se dirige hacia allá… te dirán, cada uno a través de su mirada, desde su perspectiva, que en definitiva no es la tuya. 

Por eso, se consciente de lo que sientes, que en definitiva es lo que eres… no esperes que cambie, ni que nadie lo transforme en otra cosa… porque tú eres lo más valioso. De hecho, tú eres el universo. Tú y todos los demás. 

No hay mucho más. Intenta alcanzar la felicidad… allá donde esté. Seguramente necesitaríamos una brújula para cada uno de nosotros… y ahí está la magia. La felicidad no es un artículo etiquetado que pueda comprarse en un centro comercial… no es una receta que suma ingredientes. Prueben 20 personas a preparar una comida con esos mismos ingredientes… y cada uno de los 20 platos sabrán diferentes. 

Por eso no juzguemos… no pensemos que mi solución es la de los demás. No es así. Por eso no nos juzguemos… no pensemos que la solución de los demás es la nuestra, porque tampoco es así. 

Seamos nosotros mismos, sin más… a pesar de todo lo demás. 

Un gran abrazo a todos, a todas. 

El alma de un limonero

Cuando nada parece estarse quieto y todo lo contrario,

canta el sol a la sombra y se desvanecen desnudos.

Miras buscando el consuelo de la razón y

todas las letras se hacen siete.

Ni más, ni menos.

Cierras el horizonte, crujes la mirada, anudas las pestañas.

¿Por qué contemplar la belleza del limonero

cuando se esconde su fragancia?

No te quiero cerca, ni mucho menos lejos.

Soñé que estabas a tan solo un instante

del aire que ahoga mi vacío.

No te quiero lejos, ni mucho menos cerca.

Te quiero a tan solo el recuerdo de una caricia.

Te veo llegar, te siento marchar.

Quizá una de esas hojas que colgaron secas de deseo

pueda enseñarme a olvidar.

Y de repente el corazón volverá a su sitio,

allí donde simplemente está tranquilo,

allá donde no quiere estar.

Y por fin tragaré mi estómago,

para recordarle dónde debe estar,

allá donde todo el mundo sabe…

porque el mundo está empeñado en seguir un mismo camino.

“Es el correcto”, dicen…

¿Es mi camino?, digo yo…

Frío en las aulas valencianas

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Fran. alumno del Instituto de Enseñanza secundaria  Vila-roja de Almassora, en Castellón,  fotografió a sus compañeros recibiendo clase con mantas. “Hacía tanto frío, y la calefacción no iba, que dijimos de hacer una foto en plan reivindicativo”.

Del móvil a facebook, de facebook a los medios, de los medios a otras tantas personas que viviendo casos similares, publicaron sus frías experiencias en distintas redes sociales. Ya pueden contarse más de 45 casos (según una lista creada por Compromís) en toda la Comunidad Autónoma.

Y no, no se ha roto inesperadamente la calefacción en todos ellos. Los impagos del Consell imposibilitan su puesta en marcha, tan sencillo y tan dramático.

¿Pero cómo es posible llegar hasta este punto y que no se mueva ni un sólo responsable político de su sitio? ¿No hay culpa ni culpable? ¿Es la crisis? ¿El último campeonato de fórmula uno? ¿Ha sido un golpe de mala suerte? ¿Quizá algún que otro milloncejo echado a perder?

Es culpa nuestra, está claro. Yo lo acepto, y como tal, apruebo todas las medidas que considere el Ejecutivo para compensar el balance de las cuentas Autonómicas y del Estado.

No ha habido más responsables que nosotros, está claro. Lo entiendo, y asumiré gustoso cualquier pérdida de servicios (educación, sanidad, servicios sociales, etc.) devenida del más que necesario ajuste presupuestario.

Desde aquí, quiero pedir disculpas a todos aquellos que no han gestionado bien el dinero público, porque en realidad, la deuda acumulada, no tiene nada que ver con ellos… no quiero que lleven esa losa sobre sus espaldas. En realidad, nosotros hemos encendido la mecha… sin ir más lejos, a mí se me ocurrió hace algunos años comprar un piso de70 m2, de segunda mano, sin trastero, pero con garaje, eso sí.

Lo reconozco, me endeudé (hipotequé) Y lo hice sabiendo que el piso, era un capricho, una pijería que con el tiempo, sólo me iba a traer desgracias…

También lo reformé. Sí, sí, como oyen. Y además, de vez en cuando, viajo (esto no se lo cuenten a nadie)

Estoy muy arrepentido. También lo están, seguro, los chicos y chicas que se llevan mantas al instituto… porque en el fondo, saben que la culpa de que no haya calefacción es de ellos mismos.

Sin embargo, hay una importante diferencia entre ellos y aquellos que les han llevado a pasar frío en clase. Los primeros ya han adquirido un mínimo sentido de la justicia, porque entienden que cuando no estudian, suspenden. ¿Qué ha pasado con los segundos estos últimos tiempos?

 

El dinero público mal gestionado son puestos de trabajo, son cargas impositivas.

Creo que hemos llegado a un punto de asombrosa frialdad ante la cantidad de manos y guantes que entran en nuestros bolsillos últimamente. Tanto, que ni siquiera nos damos cuenta de ello…

Quiero hacer un ejercicio sencillo que seguramente no sea todo lo exacto que debería, pero que en todo caso, seguro es aclarador.

Sabemos que, por ejemplo, “el aeropuerto sin aviones de Castellón ha gastado 30 millones en publicidad”. Bien. Hasta ahí una de estas noticias que por habituales, a uno sólo le hacen sentir como mucho un pequeño escalofrío, quizá alguna nausea, aunque lo habitual sea irse inmediatamente a la sección de deportes , sociedad o a las necrológicas, lugares donde todo sigue cierta armonía y equilibrio (por extraño que parezca escucharlo, así es)

Pero por un instante, detengámonos en el aeropuerto y cojamos la calculadora. ¿Nos hemos parado a pensar cuántos puestos de trabajo hubieran supuesto esos 30 millones tirados a la basura? Y más todavía ¿cuánto le corresponderá pagar – en este caso – a cada valenciano? Aunque seguramente, ante esta última cuestión, quizá no todo se salde con una subida de impuestos, sino también (y sobre todo) con una pérdida de calidad de los servicios públicos (un ajuste presupuestario).

Sé que no es tan sencillo como coger 30 millones y dividirlo por el salario medio de un español  (más menos 22.501 € brutos)… No pero sí. Será una manera sesgada de utilizar una cifra, ok. Al menos en esto, vamos a hacerlo a su estilo (el de algunos que otros gestores políticos)

30.000.000 €/ 22.500 € = 1333 personas trabajando todo un año.

Sabemos que el coste total del aeropuerto ha rondado los 150.000.000 € que / 22.500 € = 6666 personas.

Por cierto… enla Comunidad Autónoma de Valencia viven unas 5.100.000 personas. A 30 € por barba. ¿No es mucho no? Empiecen a sumar.

Ahora, vayamos haciendo lo propio con las cifras que día sí, día también, nos golpean al abrir un periódico… ¿el resultado? Es posible que ninguno… quizá sigamos tan anestesiados como parecemos estar.

Hasta que no tengamos nada que perder… o nada en propiedad… o sujetos a deudas generacionales (casi casi “esclavitud” encubierta)… entonces, quizá, nos  entren ganas de ponernos de acuerdo para hacer algo, aunque simplemente sea manifestarnos (no sé yo si me habré excedido… quizá una manifestación sea demasiado)