La competencia empresarial (competitividad) nos hace crecer, reinventarnos, innovar, mantener la necesidad constante de mejora. De hecho, incluso nos obliga a introducir en nuestro vocabulario conceptos como ética empresarial, RSC, sostenibilidad… ¿Porque el resto lo hace o porque nos lo creemos?

 La competencia nos obliga a ponernos frente a un espejo, constantemente. Nos empuja también a escudriñar el espejo de los demás. A compararnos, a analizarnos, a estudiar qué tiene el otro que a mí me falta, que tengo yo que me hace distinto, más apetecible.

 La sociedad nos obliga a competir. Hace miles de años lo hacíamos por los recursos primarios fundamentales. Hoy en día hay muchos partidos en juego. Sigue habiendo una porción de la población que compite por sobrevivir; otros por rozar la clase media; la clase media se codea por acumular activos y sensaciones; la clase alta por mantenerse allí arriba.

 Y la competencia existe porque está asociada a un instinto casi primario, sin el cual, perdería su razón de ser: la satisfacción de una necesidad. Necesito un cobijo y algo que comer; necesito por tanto un empleo; por cuenta propia o ajena; en una entidad con ánimo o sin ánimo de lucro, que se mueve dentro de un mercado; es decir, distintos agentes que de una manera u otra “compiten” por “comerse” parte (cuanto más grande mejor) de un mismo pastel.

Esta sucesión de hechos, que puede parecer más o menos lógica, contiene una variable que condicionará el resto. ¿Qué necesidad tengo? ¿Solo un cobijo y algo que comer? ¿Un cobijo decente, distintos tipos de comida que elegir y un vehículo? ¿Un muy buen cobijo, un vehículo, y comida de sobra? ¿Varios cobijos y vehículos, comida gourmet, y medios de transporte no solo terrestres, sino también marítimos o aéreos?…

En este punto del “juego”, el cliente debería mandar. Damos por supuesto que conocemos nuestras necesidades. Somos conscientes de lo que queremos, pero, ¿lo que queremos es lo que necesitamos? No importa mucho la respuesta ya que el modelo sobre el que se sustentan las sociedades desarrolladas (o en desarrollo) es precisamente éste. Es decir, el consumo de lo necesario y de lo prescindible asegura nuestra supervivencia. Consumimos, producimos para atender al consumo, trabajamos, consumimos. O al menos, así nos lo han enseñado.

Nuestras necesidades condicionan el resto de la cadena. En mi opinión, la sostenibilidad del sistema (hablo de nuestro futuro y del de aquellos que nos precedan) no puede ir ligada a modelos alejados del entorno donde se mueven. No es viable esperar, por ejemplo, un crecimiento de la economía (mundial) sostenido en el tiempo, porque crecer es igual a producir, por tanto a consumir, por tanto a agotar los recursos naturales necesarios para mantener ese desarrollo. ¿Cuántas tierras tenemos para satisfacer esos niveles de producción? Tenemos que ser conscientes de que las decisiones que tomamos (como personas, como empresarios, como lo que seamos), tienen un impacto que va más allá de la proximidad de sus efectos visibles.

Y es en este punto en el que muchas empresas se muestran manifiestamente ciegas, o al menos tuertas. Es cierto que de forma inevitable,  tendrán que acomodarse a las nuevas realidades que nos vayan viniendo (movimientos migratorios, escasez de recursos naturales, aumento de la distancia entre rentas altas, medias, bajas y personas sin recursos, etc.) Pedimos que nuestras empresas sean linces (proactivas) a la hora de anticiparse a los movimientos del mercado, y sin embargo son tortugas (reactivas) cuando se trata de anticiparse a nuestro futuro como civilización. Sin embargo, su responsabilidad es tan importante que no debería de ser obviada.

Aquí la RSC juega un papel clave. Y me surgen dudas. ¿Será capaz el sector empresarial de autorregularse para asegurar la sostenibilidad del sistema? ¿O debería de ser el Estado (todos nosotros y todas nosotras) el que marcase líneas rojas que no rebasar?  La RSC es la herramienta y en mi opinión el Estado debería de ser el motor que favorezca su implantación.

 A lo largo de nuestra corta historia, hemos ido acordando una serie de conceptos (creencias, al fin y al cabo) que pasaron de discutidas a indiscutibles. Son y lo son porque sí. Capitalismo, competencia, crecimiento continuado, éxito, ganancia…

Será momento de parar y ver cómo estamos haciendo las cosas (las empresas lo hacen constantemente) Digo yo, que la sociedad en general, también debería de hacerlo.

Anuncios