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¿Pretencioso eh? Vaya que sí.

Para cambiar el mundo, el mundo tiene que ser uno mismo. Yo no soy quién soy, ni aquellos que viven en mi barrio, ni mi ciudad, Comunidad Autónoma, País o Continente… soy todos ellos. Es imprescindible partir de esta premisa, tan compleja y simple al mismo tiempo.

No te equivoques…

No eres tu hipoteca, pues tu casa ya debería de serlo sin necesidad de venderte.

No eres tu religión, pues tu Dios nunca quiso que le alabaras, que le rezaras, que lucharas o mataras por él… todos quisieron que tú fueras cada uno de tus hermanos, que comprendieras la esencia de tu existencia conectado a todo lo que es.

No eres tu trabajo  ya que el verdadero trabajo es aquel dirigido a un bien común y el trabajo asalariado es una forma de esclavitud.

No eres tu dinero, pues el dinero es un convencionalismo social por el que las personas aceptamos mutuamente otorgar un valor a un trocito de papel.

No tienes el control desde el momento en el que alguien o algo limita o impide tu crecimiento personal. ¿Tienes el control? ¿Has podido hacer siempre lo correcto independientemente de las consecuencias?

No eres libre en tanto creas que eres tu casa, tu dinero o tu trabajo. ¿Quién eres?

Eres quien eres sin ningún lastre. Sin embargo, nos han enseñado a vivir pensando que somos cuanto más tenemos, cuanto más controlamos, cuanto más poder tenemos… todo ello bañado de pura superficialidad.

Desde el momento en el que la propiedad lo fue, desde ese momento, nuestro mundo empezó a derrumbarse. Desde el instante en el que los bienes básicos como la vivienda, alimento, seguridad, salud… tuvieron un precio, desde ese instante, el sistema comenzó a generar situaciones indiscriminadas.

Y seguimos creyendo que este sistema que nos rige es el único posible… ¿De verdad? Parémonos a pensar y deshagamos para volver a hacer. Cuando uno comienza una tarea en la dirección equivocada, no lo queda otra que volver marcha atrás e iniciarla de nuevo. Este es el punto, y hasta él nos tenemos que dirigir.

Adiós al dinero, adiós a la propiedad individual, adiós al trabajo como medio para conseguir algo, cuando su finalidad es la de conceder algo. Tan sencillo y tan imposible. Simplemente me niego a que tengamos que esperar a un colapso sin haber intentado un cambio antes de vernos obligados a ello.

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