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Imagino que desde ya hace un tiempo, habréis leído artículos aquí y allá acerca de la desafección política de una parte importante de la ciudadanía (sentimiento subjetivo de ineficacia, cinismo y falta de confianza en el proceso político, políticos e instituciones democráticas que generan distanciamiento y alineación pero sin cuestionar la legitimidad del régimen político)

Desafección política que no desafección ante el sistema democrático establecido, es decir,  “no existe relación a nivel individual entre apoyo a la democracia y desafección. Diferentes estudios muestranque generalmente alrededor del 75−85 por ciento de los ciudadanos de países Europeos apoya el  sistema político, a pesar del alto grado de desafección que en ellos se aprecia

Tendríamos entonces que hacer algún retoque no al sistema democrático (será el menos malo de todos) sino al modo en que los partidos políticos lo vertebran. Quizá aquí uno de los meollos del asunto ¿no?

Uno de los primeros objetivos, las listas abiertas. A pesar de sus inconvenientes, sigue manteniendo puntos fuertes de indudable interés.

Como segundo plato, seguiría por una regulación de la vinculación laboral de los políticos. Son de hecho funcionarios públicos, y como tales, deberían de recibir únicamente una retribución fija y estipulada del Estado o de las administraciones competentes, no de su partido.

Si tuviéramos un tercero, prohibiría la posibilidad de que los partidos políticos se financiasen de aportaciones privadas. Siempre cito el ejemplo de Greenpeace, que siendo opuesto, responde a esta filosofía. Greenpeace no se financia por ayudas oficiales sino exclusivamente por aportaciones individuales, hecho que le garantiza no estar atado a los intereses de ningún Gobierno. Así, los partidos políticos, tampoco lo estarían de ninguna empresa o grupo de poder.

Con el cuarto, traería la necesidad de establecer límites claros que cercaran y castigaran de forma contundente cualquier acto corrupto (cohecho, malversación de caudales públicos, financiación ilegal…) independientemente del cargo del político en cuestión. La ciudadanía sigue teniendo la impresión (cierta y muy aproximada a la realidad) de que en lo referido a este tipo de delitos, existe cierta impunidad.

Con el postre, impondría por ley, mecanismos de información claros y transparentes a través de los cuales los ciudadanos pudiéramos conocer la realidad tal y como es, sin tener que hacer cábalas con los datos que nos aportan los políticos… o me dirán que no es extraño que para unos todo sea blanco, y para los otros negro. De esa forma, es obvio concluir que ni unos ni  otros están siendo sinceros,  sino que cuentan aquello que les es más favorable electoralmente.

Si tomáramos una copa de alta graduación, yo escogería la posibilidad de que a través de referendums los ciudadanos pudiéramos decidir acerca de decisiones transcendentales (ir o no a una guerra, por ejemplo) obligando a los trabajadores públicos – políticos – a explicar con detalle su postura al respecto, pros y contras, etc.  Que sí… que supondría un esfuerzo añadido, pero siendo serios, decisiones de tal magnitud no pueden ser tomadas por un pequeño grupo de personas, por mucho que hayan sido elegidas democráticamente.

Y del postre al baile con un sistema de reparto de escaños proporcional al número de votos… pero dónde se habrá visto que mi voto no cuente como el del señor que vive a 200 kilómetros de mi casa. ¿Pero qué es esto?

Y a ver si espabilamos que el lograr o no comernos todo este menú es cosa nuestra… de los ciudadanos, claro.

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